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El morbo en el mundo del espectáculo

METRÓPOLI ABIERTA | PAULA BALDRICH

“A la gente le encanta ver tragedias ajenas”. Con esta declaración rotunda y destructiva el público se agarra fuerte al asiento de la sala Àtic 22 del teatro Tantarantana. El espectáculo está a punto de empezar… si es que no ha empezado ya. Dramaburg, obra teatral escrita por Carlos Perelló y dirigida por Guillem Gefaell, reflexiona justamente sobre esto: el espectáculo. Y sobre nosotros: la civilización, los espectadores.

Un periodista –con pocos lectores pero fieles– se planta frente a los editores de un periódico y les propone temas sobre los que escribir. “¿Qué tienen en común todas las canciones?”, pregunta de forma retórica. “¡El aliento! Está grabado y… ¡es música!”, se responde a sí mismo con efusividad. Después de mencionar varios temas sin éxito, los editores deciden: entrevistará a una actriz holandesa que visita la ciudad. Y le tendrá que hacer preguntas cachondas para enganchar al público. Así empieza el mundo del espectáculo: con el morbo.

La obra va transcurriendo con momentos eróticos que pueden provocar una sensación incómoda en el espectador. Lametones, tocamientos. El periodista se encuentra perdido ante la lujuria que hay detrás del show de la televisión. E intenta no sucumbir a los placeres… aunque resulta imposible. En ese punto de inflexión, se replantea su identidad. ¿Somos un producto? ¿Qué queda de nosotros mismos? ¿Estamos siempre “en directo”?

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