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Canción dulce y amarga

GEMA MORALEDA | SOMNIS DE TEATRE

Es extraño ir al teatro la semana en que en las calles de tu ciudad está teniendo lugar lo más parecido a una revolución que podemos catar en el primer mundo occidental. Tan extraño como seguir trabajando, enamorándose, cogiendo la gripe o fregando los platos. Con la diferencia de que, al menos a mí, en esta coyuntura, no me apetece ir al teatro a evadirme (eso se lo dejo a Netflix) sino que prefiero que los teatros se conviertan en una trinchera más. O al menos en la mía (ya que no tengo el valor necesario para ir a quemar contenedores).

 

En eso pensaba el 17 de octubre al salir del Tantarantana, en la suerte que teníamos de contar con una buena trinchera. Y es que Canción dulce y amarga del hombre sin abuelos y la hija robada que quiere encontrar a su madre en el Cámbiame no habla del Procés pero sí de fascismo. Y lo hace muy bien.

Estamos ante uno de esos montajes donde texto y puesta en escena, firmados por Begoña Moral, conforman un todo indisoluble donde las palabras explican los gestos que explican las palabras. En escena, cuatro intérpretes conviven, a veces en distintos planos, a veces no; igual que el tiempo de la narración, que a veces transcurre ahora, a veces hace años, para construir un relato de muerte, abandono, miedo, añoranza, violencia, deseo, amor, explotación y esperanza. El terrible ciclo de la vida y la violencia histórica condensado en poco más de una hora en la que resulta imposible apartar la mirada del escenario.

Con una escenografía basada en material de construcción, marionetas y una iluminación tan triste como evocadora, asistimos al deseo de una hija robada de encontrar a su madre mientras se plantea ella misma la necesidad de tener descendencia. De fondo, la Guerra Civil y la violencia fascista, la de entonces y la de ahora. Y una sensación de que el mundo, a veces, se convierte en un monstruo insaciable capaz de devorarnos a todos, ya sea por humillar al vencido de una guerra o para ganar algún punto más de share en la parrilla televisiva.

Blanca Garcia-Lladó y Chap Rodríguez dan vida con entrega y delicadeza a la pareja protagonista, unos personajes tan entrañables como perdidos, consumidos, devorados, pero aún rebeldes. Arnau Comas encarna con convicción la maldad más absoluta y María Jurado es el fantasma del pasado, atrapado sin redención.

Canción dulce y amarga del hombre sin abuelos y la hija robada que quiere encontrar a su madre en el Cámbiame, como su propio título, no es sencilla ni amable, no ha venido a darnos tregua ni a consolarnos pero, precisamente por eso, vale la pena ir a descubrirla.

 

 

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