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Cuando el escenario es un ring de boxeo (‘El nombre’)

EL MUNDO | MATÍAS NÉSPOLO

La metáfora de la que se sirve, tomada en préstamo del dramaturgo y realizador americano David Mamet, para explicar su manera de concebir el arte escénico no es nada inocente. No sólo por su veteranía –lleva más de tres décadas trasegando las tablas como actor, dramaturgo, titiritero y, por supuesto, director–, sino porque el argentino Daniel Veronese (1955) es uno de los pesos pesados de la escena inteRnacional con títulos y combates legendarios en su haber.
«Como dice Mamet, la más dura escuela de teatro, el ejercicio teatral más tremendo, es sólo una gimnasia aeróbica», explica Veronese, «porque subirse a un escenario es lo mismo que subirse a un ring de boxeo, tanto para los actores como para el público». Y tampoco es casualidad que recurra a esta cruda imagen, desde Buenos Aires al teléfono, para anticipar al espectador lo que le espera en el teatro Tantarantana del 14 al 25 de noviembre de la mano de Gloria López (GL) Producciones. Se trata de la comedia francesa El nombre, de Matthieu Delaporte y Alexandre de la Patellière, con adaptación y dirección del argentino, a la distancia, ya que otras producciones y compromisos le impiden alejarse mucho tiempo de los escenarios porteños.
«Es una comedia negra, pero comedia al fin, con todos los sinsabores que se necesitan, efectiva e inteligente», resume el director sobre la obra que, como si de un ring de boxeo se tratara, «sales un poco magullado, pero te repones». Cinco personajes en escena (Orencio Ortega, Pedro Morales, Jesús Calvo, May Pascual y Gloria López) que representan a familia y amigos se reúnen en una sala para celebrar la noticia de un bebé en camino. Y un simple comentario sobre el insólito nombre escogido por los padres desata la caja de los truenos. «Es el giro imprevisto de una situación cotidiana, como aquellas cosas que se dicen en las fiestas de fin de año, con la que el público se identifica», explica Veronese. «Una simple broma enciende la mecha de viejos rencores», añade.
En el fondo, ese combate escénico es, para el argentino, «una suerte de laboratorio sobre la hipocresía y la mezquindad humana», entre otras cosas, porque el conflicto escénico surge de una excesiva sinceridad. «No podemos ser sinceros todo el tiempo, porque caemos en lo que se llama el sincericidio. Un poco de hipocresía es una cuestión de supervivencia», apunta. «La dialéctica de la convivencia nos lleva a que no seamos tan buenos padres, amigos o parejas, como creemos, cuando decimos la verdad o damos al otro lo que penamos que es lo mejor, lo somos cuando le damos lo que necesita», aclara. En definitiva, el trasfondo incómodo de la obra se traduce en «la mezquindad que hay tras ciertas actitudes bondadosas», señala Veronese, cuando no brindamos al otro lo que realmente necesita, sino lo que creemos que es bueno.

 

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